Cadenas de Sangre
Cadenas de Sangre
by Cloudchaser
Subí de un salto en el asiento del copiloto de la Jeep descapotada. Madre seguía gritándome desde la puerta, pero yo había dejado de discutir con ella, desde el día anterior. Me sentía envuelta en una espesa nube de silencio ensordecedor, donde no podían traspasar los apagados sollozos de madre y la ahora fría y metálica armadura que me permitió marcharme. Ayer, cuando le presenté a Danielle, madre no la miró, no fue capaz de sostenerle la mirada, ni de reconocer su presencia; ni siquiera reparó en los dedos entrelazados. ¿Por qué la lleve a casa? No lo sé, pero no me detuve a pensar en ello mientras Dani aceleraba y me quedé viendo por el espejo retrovisor, su silueta desvanecerse en la distancia.
Creo que lo primero que tengo que explicar es el por qué. No, no estoy escapando, pero quizá, esa sea la razón por la que nos dirigimos hacia Gulfport. La verdad es que, no creo que pueda pasar más tiempo discutiendo con madre, —cosa que hemos hecho a diario desde que tengo memoria,— será mejor así: cada quién por su camino. Jamás seré la chica que ella quiere que sea, jamás ocuparé el lugar “que me corresponde”. Tampoco quiero ser la siguiente en línea, no quiero llegar a heredar ese trono de mentiras, de secretos fundidos… y de maldiciones. Entre ellas, la de la piel, por ejemplo.
La primera vez que estuve en la oficina del director, yo tenía unos siete años. Aparentemente, tuve la audacia de agredir a otra estudiante, bueno, al menos eso es lo que dijo la maestra. Me aventuré a darle un puñetazo en la cara y después regresé a mi asiento. La verdad es que me cuesta recordar lo que sucedió con exactitud, pero tengo la certeza de que jamás haría algo de esa manera, al menos sin una razón de peso. El director le pidió a mi madre que me cambiara de escuela, y fue todo un escándalo. No fue sino hasta más adelante qué lo entendí, en una disputa distinta: otra vez el pellejo, el maldito pellejo.
Resulta, pues, que la chica en cuestión, había utilizado un despectivo para referirse a mí. No, no lo quiero repetir. Así que sí, se podría decir que estaba siendo política antes de saber qué era lo que esa palabra significaba. No intento ser apologética, ni poner pretextos. La realidad es que siempre he sido así, con la sangre caliente, lista para luchar por las cosas en las que creo, que me importan.
Los días en Gulfport pasaban, como se pasan las horas en el aeropuerto: con un inminente vuelo, a la espera, con anticipación. Desgastaba el tiempo con el alcohol preservando mi sangre, con los desconocidos abrazando mis heridas, con la música como morfina del desasosiego. ¿Es esto la libertad? La respuesta no llegó pero se llevó la duda. Miré a Dani una mañana por encima de la barra del bar, era posiblemente más de medio día, ella seguía anhelando el escape. Seguía admirando todo con ojos de inocencia, de primeras veces, y la envidié por eso… En la tierra de mi país, la novedad ya había dejado polvo sobre las calles.
Uno no barre, simplemente los problemas, bajo la alfombra, Viola. Escuchaba la voz de mi madre, por encima del sol que caía a plomo, entre las olas que se rompían en la playa. ‘Lo sé, madre…’ Quise contestarle. ¿Por qué te fuiste? ‘Porque me dolía, madre, físicamente, incluso aunque te hiciera creer que no lo hacía… Porque tenía que romper con las cadenas que me asfixiaban. Porque un hogar no es una instantánea permanente... Un hogar de verdad está siempre cambiando, se adapta.’ Y eso, madre, jamás lo has entendido.
Una niña descalza pasó corriendo, levantando nubes de arena al pasar, chocó contra una de mis piernas y me abrazó. “Vi…” Alcanzó a decir antes de que la mirara con escepticismo. Extendió los brazos como si quisiera que la cargara pero me contuve. Me agaché para saludarla mejor, preocupada de que su madre estuviera cerca. “¿Madame Laveau?” Una mujer se acercó detrás buscando a la niña, parecía que iba vendiendo dijes y baratijas. Le devolví una mirada inquisitiva. “¿Vivianne?” Repitió y el reconocimiento de ese nombre me ofuscó por completo. Me arrastró como un oleaje picado por el huracán de recuerdos… Aquel era el nombre de…
“¿Disculpe?” Dije aún confundida.
“Non, c’est rien. chuiz désolé.” (No, no es nada, lo siento) Dijo, retrocediendo, tomando a la niña entre sus brazos y alejándose por entre las calles del complejo del hotel. “Me he confundido.” La niña llorando extendía sus brazos hacia mí, repitiendo esa sílaba inconfundible que me perforaba los oídos con el filo de un espejo de cristal. Con el corte inexorable que me producía el compartir dicha sílaba de nombre con el de alguien más.
Grité como si me quedara sin aliento. Como el resoplido que se deja escapar cuando se rompe la superficie del mar, después de un salto. “Es mi abuela”.
La mujer se giró de pronto, en una reacción que esperaba, aunque no pensé que lograría. Regresó hasta mí y me envolvió en un abrazo. “Querida niña…” Se cortó en seco y se giró para inspeccionar el lugar como si creyera que alguien la seguía. “No lo sabes.” Negó con la cabeza.
“¿Saber qué?”
Avanzó de nuevo hasta mí sentenciando: “Aquí no.”
Un par de pétalos cayeron sobre el pasto, cuando mis rodillas se encajaron en la tierra revuelta. La placa de metal sobre la lápida se recargó en mi mirada, sentía su peso, halándome hacia al inframundo, con un peso muerto, un peso inmarcesible. Su nombre, que hacía un coro en mi mente, me quemó los bordes de la retina hasta nublarme la vista. Un par de gotas cayeron por mi rostro e instintivamente miré al cielo inadvertida de la tormenta, que parecía ser mi propio tumulto.
Lali me había contado todo, su relato había llenado mi rompecabezas incompleto. Aquella mujer me había revelado las cosas que desconocía de mi propia abuela. Las cosas que desconocía de la monarquía patética, de mi reino de farsa. El trago amargo descendió por mi garganta con el recuerdo entre flashes de la segunda huída: Dani corriendo hacia el hotel con lágrimas de enojo, yo azotando la puerta, las nubes condensándose y el preludio a la tormenta.
Las gotas de lluvia, la sal de mis ojos.
¿Cómo es que siento mis tobillos temblar, mi temple flaquear?
Las rosas pausadas, el marco inerte.
¿Tu risa recuerdo siquiera?, ¿mi nombre tus labios rozaron?
La duda me aborda, me cala…
Mi ser exquisito me ruega
Salir de mi mente y mirarte
Decirte mi historia, la tuya
No soy la cobarde que besa a las chicas a escondidas
Ni la que huyó del baile de su graduación
No soy el cabrón de mi ex que embarazó a mi amiga
Ni el que piensa que soy demasiado.
No soy tú, madre,
No soy la jodida sombra de tu existencia
No soy la abuela
Ni las historias que cuentan de ella
Tal vez no sepa más que mi nombre
Pero las cadenas que ayer me hundían en el mar
Son los contrapuntos que hoy me sacan a flote
No tengo idea de qué es lo que busco
Pero hoy sé que quiero encontrarlo.
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