El precio del Silencio
El precio del Silencio
Cloudchaser
Cien años de guerra y siguen, ya no sirve más intentar contar el tiempo. Bajo las cenizas y la tierra infértil, el polvo se amontona en mi cripta de cristal. Tal vez es que mi iris perdió su brillo. ¿Pétalo o coraza?, o tal vez es quizás, ese sentir de las cadenas. El frío metal avanza y se anuda, enraizando mis pies. Mi verbena azul ha secado mis espliegos, y con ellos, todos mis intentos. Aciagos deslices. Mis labios sellados se han petrificado, me piden regresar. Mis aristas-espejo que dulce ajenjo imploran, no-me-olvides ruegan, mías o prestadas.
Cada torzal se ajusta, cada golpe y herida resplandece con fulgor. Un simple roce, una conexión, son luminiscencias que arden con furor. Cada fruslería, cada nimiedad. Fútiles palabras. Oscuridades que no sé verbalizar. Entre trinchera y trinchera, la sal de primavera es el recordatorio de la promesa, aquella, perdida antes de asir. Sus chispazos, son titiriteros de la maleable distancia acortada, centímetro a centímetro, del oxidar sobre las vías de nuestra correspondencia.
Ese perpetuo septiembre, nelumbos estivales cultivaste, y así la nube de infatuación inundó todos mis espacios. Sus dedos de pistilo escarlata, envolvieron todos mis fragmentos. Dicen que el que en sí confía, yerra cada día, pero no errar es no aprender. Los espectros de perplejidad me hacen perderme por esta ciudad, las esquirlas destiladas de azul agave; en las estelas de mis anhelos: todo lo que pudo haber sido, lo que nunca será, y mis mejores deseos.
Cerca del ocaso y del otoño, pedísteme sembrar fresias por decenas; arrebol de confusión, y la sorpresa cuando lirios brotaron de este suelo, patria nuestra. Insensatez y abrasividad, con la revelación. Las mismas semillas que he plantado son las que he encontrado en tu abrigo. Las esporas como pólvora de la desolación, y el aroma de la traición, preludio de la inclemente realización. Así, maldije yo la tierra, bebiendo todo el acónito.
El invierno me aprisiona, vorágine naval. Sigo recorriendo los espacios mentales en mis viajes por ese bosque rival. Los lúgubres rincones que me arrastran hasta ese cementerio, tan familiar. Sigo el camino de bordeado de setos, sigo ese sonido tan inusual. Buscando el origen de los gritos encontré, mil brotes plantados en el mausoleo. Cada tagete, un susurro; cada grito al viento, una oración, de la tierra, arrancando.
La siguiente primavera, deambulaba por los pasillos de aquel hogar, conmiserado en el recuerdo cada vez más helado. El parquet me devolvía esa misma frialdad. Jacintos decidí poner en el florero, sí, aquellos perdidos de Apolo. Algo, en el abandono, o quizá en el dejar atrás. La caja de Pandora abierta, explosión caleidoscópica, veo en los vitrales cada reminiscencia, cada dedo sobre una llaga-floral, cada ojo en el cadáver.
Algo cambió, al sentir las garras de la perfidia –y con ellas las de la distancia– rasgándome la piel, algo cambió al cruzar la bruma de la descomposición: "Las flores no tienen nombre propio, pertenecen a nadie. Y aunque el bosque arda, las llamas no lo poseen." Vértebras en nuestra habitación. En el recuento de los daños y en la consagración del acto, se tornó maravilloso. Tus sonrisas en cada remembranza, tu cura del espliego sobre cada una de mis heridas, tus flores adornando los restos. Jardines de clavel y elegías al viento. Somos supervivientes. De armas tomar a almas soltar. Parsimonia y tul, y el Tratado de paz, descansa sobre el abedul.
Desde ese momento, han pasado días, han pasado años, no me alcanza ya la arena de los relojes. Nunca es suficiente. Mi renuencia a fenecer tu insistencia sobre la confianza. La sal se acumula en almohadas de plumón y acantilados que llevan hasta altamar. Los susurros de las cartas convirtiéndose en cenizas. Aún puedo verlo todo como si fuera ayer, como si fuera un destello en tus ojos, devolviéndome la mirada. Tú, con tu poesía de abril, y las travesías en barco a medianoche. Yo, en el puerto de tu boca, en el mapa de tu piel. Mis labios enmudecidos, el precio de cambio por los años de gloria.
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